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La metodología aplicada y dinamización de la residencia estuvo a cargo de Teatro la heroica. Se planteó un proceso con una muestra final integrando los lenguajes y elementos destacados del trabajo que cada compañía desarrolla en su territorio, tomando como punto de partida  las propuestas y necesidades expresivas de la comunidad que participó en el proceso. 

La bienvenida estuvo marcada por la conversación informal, la observación compartida y el reconocimiento mutuo, sentando las bases afectivas y políticas del trabajo que vendría. Pronto, el cuerpo, la voz y la escucha se volvieron herramientas centrales: laboratorios de movimiento, recorridos sensoriales por el espacio de Txawün y ejercicios de introspección abrieron preguntas profundas sobre identidad, memoria y territorio.

El trabajo con la comunidad fue el corazón del proceso. A través de juegos, escritura personal, cantos, exploración de los cuatro elementos y prácticas rituales, comenzaron a emerger relatos íntimos y colectivos. Apareció con fuerza la idea de la herida: la herida del cuerpo, de la tierra, de los pueblos; heridas históricas, políticas y biográficas que encontraron en el teatro un espacio seguro para ser nombradas, compartidas y transformadas.

Las jornadas avanzaron hacia una creación cada vez más concreta. Se cruzaron lenguajes: grabado, música en vivo, paisajes sonoros, instalación, audiovisual y dramaturgia corporal. El espacio natural de Txawün —el bosque, la ruka, el fogón, el domo— dejó de ser un simple soporte para convertirse en un agente activo de la puesta en escena. La dramaturgia colectiva tomó forma como un recorrido inmersivo organizado en cuatro estaciones: abrir, escarbar, curar y cicatrizar la herida.

Cada cuadro condensó capas de sentido. Desde la metáfora del despojo y la colonización, pasando por la excavación de memorias silenciadas y lenguas originarias, hasta la evocación de mujeres y territorios violentados, la obra fue articulando dolor y resistencia. La curación apareció ligada a la memoria, al fuego compartido, al canto y al gesto colectivo. La cicatriz, lejos de borrar la herida, se propuso como marca viva: memoria transformada en raíz y futuro.

La muestra final, abierta a la comunidad, invitó al público a transitar físicamente por este viaje escénico. No hubo espectadores pasivos, sino cuerpos caminando, escuchando, bailando y compartiendo alimento. El cierre fue también un círculo de palabra, donde artistas, elenco comunitario y público reflexionaron sobre lo vivido, destacando la potencia del trabajo colaborativo latinoamericano y el valor del teatro comunitario como práctica política, afectiva y transformadora.

Esta residencia confirmó que cuando el teatro se arraiga en el territorio y se construye desde la escucha, es capaz de abrir heridas, sí, pero también de acompañar procesos de sanación colectiva. En Txawün, durante esos nueve días, la escena se volvió un espacio para recordar, resistir y volver a encontrarnos.