“Seguir ocupando el teatro como una herramienta de resistencia, que abrace nuestra memoria y que dignifique nuestra historia”
Desde temprana edad estuvo vinculada a distintas expresiones artísticas y culturales. Criada entre el territorio de Queuque, cercano a Los Sauces, y Temuco, reconoce en sus familias Antileo y Manquepillan las primeras experiencias que marcaron su acercamiento al arte y, particularmente, a las artes escénicas.
Su trayectoria la llevó a estudiar teatro en Santiago y, posteriormente, a profundizar en la investigación teatral desde las artes y la educación. En su trabajo como actriz, directora y educadora, ha desarrollado procesos vinculados a infancias y juventudes mapuche, incorporando el archivo, el mapuzugun y el rakizuam como elementos para la creación.
En conversación con TxawünZine, la actriz y directora reflexiona sobre sus primeros acercamientos al arte, la importancia de recuperar las historias de artistas mapuche que la antecedieron, sus metodologías de creación y los desafíos y proyecciones que observa para las artes escénicas Mapuche.
por Andrea Nahuelpi M. / Natalia M. Serra
¿Cómo nace tu vínculo con la actuación y el interés de dedicarte a las artes escénicas?
Desde pequeña, yo vengo de una mapu muy distante de los grandes centros urbanos. Crecí en el territorio de Queuque, cercano a la comuna de Los Sauces, donde me criaron mis abuelxs, mis tíxs y mi ñuke. Con mi familia Antileo recuerdo que íbamos a los cantares campesinos. Mi mamá participaba en la organización de un festival de artes indígenas. Todas esas experiencias fueron formando, un vínculo temprano con distintas expresiones artísticas y culturales.
Mi mamá Kiria también fue fundamental en este camino. Cuando me trajo a Temuco, se dio cuenta de que, si bien dentro de mi núcleo familiar yo era una niña bastante extrovertida, en los espacios sociales era muy tímida. Entonces, cuando tenía alrededor de ocho años, decidió llevarme a clases de danza. Después me llevó a clases de teatro, en la escuela Karukinka y Pimpiriflauta, con el director Rodolfo Nome y profesores como Caro Vera, Caro Manzano y Pablo Navarrete. Fue ahí donde descubrí algo que para mí fue muy importante: entendí que la danza, el canto, la música y aquello que una quiere decir y/o expresar podían habitar un mismo espacio. Ese espacio era el teatro.
También reconozco profundamente la influencia de la familia de mi papá, Raúl, entendiendo al padre como quien cría. En los Manquepillan siempre ha existido un acercamiento muy particular al arte: hay cantantes, poetas, escritoras y personas vinculadas a distintas formas de creación. Pienso que estas dos familias, la Antileo y la Manquepillan, fueron formando y forjando mi acercamiento a las artes escénicas.
¿Cómo relacionas tu trabajo como actriz y directora con los procesos de revitalización y transmisión de la cultura mapuche?
No es casual que sean dos familias mapuche las que hayan forjado en mí esta relación con el arte. Creo que ambas me enseñaron, de distintas maneras, a sentir orgullo de quienes somos, de nuestra historia y también de aquello que nos diferencia de la sociedad chilena: portar una historia, un idioma, una memoria y una forma propia de hacer y comprender las cosas. Y lo digo sin menospreciar a la sociedad chilena, sino reconociendo que existen distintas formas de habitar y comprender el mundo.
Cuando decidí estudiar teatro y dedicarme a las artes escénicas, siempre tuve la intención de volver al Wallmapu. Tuve que irme a Santiago para estudiar, porque en ese momento las escuelas de teatro acá en La Araucanía habían cerrado; la última fue La Mayor, que cerró en 2008. No pude terminar la carrera de Actuación en ARCIS, por la historia conocida de su cierre, y posteriormente me titulé de una Licenciatura en Artes para artistas con trayectoria, manteniendo la línea de investigación teatral en la UAHC.
Para mi titulación quise investigar y profundizar en el trabajo que ya venía desarrollando con infancias mapuche en Cerro Logkoche y con jóvenes mapuche a través del colectivo teatral Kollog. Desde hacía tiempo me venía cuestionando cómo, muchas veces, por desconocimiento o por otras razones, algunas prácticas artísticas y pedagógicas terminaban folklorizando lo que somos como pueblo.
No hablo de todxs; en el camino también me he encontrado con excelentes profesores y profesoras. Pero sí veía que muchas veces el az mogen quedaba reducido a ciertas representaciones: la celebración institucional del Wiñol Txipantu o el cuadro de fantasía de una presentación del 18 de septiembre. Empecé a preguntarme: ¿por qué nuestra historia, nuestra memoria y nuestros conocimientos no son también materia para la creación artística y pedagógica?
Surgió la necesidad de sistematizar una forma de trabajo que incorporara la memoria, el archivo, el mapudungun, la reflexión política y la crítica, pero también los conocimientos y las experiencias de las propias comunidades, para el fortalecimiento identitario a través del teatro aplicado en infancias y juventudes mapuche.
Creo que mi trabajo como actriz, directora y educadora se relaciona con la revitalización cultural justamente desde ahí: no se trata solamente de representar la cultura mapuche en escena, sino de generar procesos donde podamos pensarnos, reconocernos y crear desde nuestros propios conocimientos, historias y territorios.
Y desde ese camino han surgido hermosas obras y procesos de creación con jóvenes e infancias mapuche. Para mí, ahí está también la transmisión: no como algo que simplemente se entrega de una generación a otra, sino como algo que se vuelve a pensar, se crea y se transforma colectivamente, sin perder el vínculo con nuestra memoria, nuestro idioma, nuestro territorio y nuestro rakizuam.
¿Qué ha significado para ti, como mujer mapuche, ocupar y protagonizar espacios dentro de las artes del sur?
Uuuh, qué difícil pregunta, jajaja. Primero que todo, creo que la palabra “protagonizar” es muy fuerte. Yo no siento que esté haciendo algo completamente nuevo. Más bien, siento que soy parte de una historia que viene de mucho antes y que ha sido construida por muchas personas, muchas mujeres y artistas mapuche que han abierto camino.
Ya hacia 1916 se levantaba una de las primeras compañías de teatro vinculadas a la Federación Araucana. Luego, durante los años 80, surgieron otras experiencias teatrales y artísticas, en conjunto al levantamiento y fortalecimiento de organizaciones como Admapu, Kallfulikan y otras que luchaban por nuestros derechos y por la restitución territorial, en tiempos durísimos como fue la dictadura.
Además, sabemos que ahí también hubo muchas mujeres mapuche participando, creando y sosteniendo estos procesos. De hecho, actualmente estamos recopilando parte de esa documentación junto a un grupo de profesionales mapuche, porque creo que es importante recuperar y visibilizar esas historias que muchas veces no han quedado registradas dentro de la historia oficial de las artes.
Entonces, para mí, ocupar estos espacios significa hacerlo con mucha responsabilidad y entendiendo que no llegué sola ni soy la primera. Hay una memoria y una trayectoria detrás que debemos reconocer y continuar.
Desde ahí, siento que mi trabajo como actriz, directora y educadora tiene que estar al servicio de nuestro pueblo, especialmente desde el trabajo con infancias y juventudes mapuche, pero también desde la investigación y la recuperación de nuestra propia memoria artística.
Para mí, ocupar un espacio dentro de las artes del sur, en Wallmapu, no tiene tanto que ver con protagonizar, sino con asumir la responsabilidad de continuar abriendo caminos, recuperar las historias que nos anteceden y generar nuevos espacios para que las futuras generaciones puedan crear, investigar y hablar desde sus propios territorios, lenguas, memorias y formas de comprender el mundo.
¿Cómo es tu proceso creativo a la hora de construir una obra dramática? ¿De dónde surgen las historias, personajes o temáticas que llevas a escena?
Mi proceso creativo siempre comienza a través de la investigación. Recurro a archivos, citas, libros, testimonios y a todo aquello que pueda entregarme memoria y antecedentes sobre la historia que quiero abordar. Desde ahí comenzamos un proceso de reflexión y análisis que luego se transforma en creación.
Pero la creación nunca la hago sola. Es un proceso colectivo que construyo junto a las y los actores, ya sean infancias, jóvenes o personas adultas. Me interesa que quienes participan puedan hacerse preguntas, analizar su propia historia y encontrar, desde ahí, las imágenes, los relatos y las escenas que finalmente van dando forma a la obra.
En el caso de Goymalayaimi Tami Mogen, la obra que desarrollé este año junto a las y los pichikeche del Cerro Logkoche Chillkatuwe Ruka, en Metrenco, Padre Las Casas, partimos de una investigación que me entregó Cristian Antumila. Esa investigación fue una guía fundamental para la creación del texto y de las escenas.
A partir de ese material, fuimos reflexionando con los pichikeche y analizando nuestra propia historia, preguntándonos qué queríamos decir y cómo queríamos contarla desde nuestro lugar.
Para mí era importante que las y los pichikeche no fueran solamente intérpretes de una obra escrita por otra persona, sino que pudieran participar del proceso de creación, hacerse preguntas sobre su propia historia y reconocerse en aquello que estábamos construyendo. Desde ahí fueron apareciendo los relatos, las imágenes y las escenas que dieron forma a la obra.
Con personas adultas el proceso también ha sido similar. La primera obra que realicé este año fue Retxan, para el laboratorio Tramas II del Museo de Arte Precolombino, y ahí trabajé junto a Domingo Colicoy, quien fue director de una compañía de teatro vinculada a Admapu.
Nos costó encontrar una forma común de abordar el proceso creativo, porque ambos venimos de distintas escuelas, tenemos distintas edades y también distintas maneras de entender y hacer teatro. Sin embargo, justamente ese fue uno de los aspectos más interesantes del proceso: tuvimos que escucharnos, poner en diálogo nuestras experiencias y encontrar un lenguaje común que nos permitiera crear.
Desde ese intercambio logramos construir Retxan. No trabajamos con actrices con formación académica, pero sí con ñañas que tenían experiencia en teatro y, sobre todo, con mujeres Mapuche que tenían sus propias historias, memorias y experiencias que poner en escena, Masiel San Martín y Fanny Manríquez Melivilu.
Por eso, mi proceso creativo está siempre atravesado por la memoria y la reflexión sobre nuestro pueblo. Me interesa que el teatro no sea solamente un lugar donde representamos una historia, sino también un espacio donde podamos preguntarnos quiénes somos, qué hemos vivido, qué queremos recordar y qué queremos transmitir.
Creo que ahí está también una parte importante de mi manera de hacer teatro: investigar, preguntar, escuchar y luego crear colectivamente. No se trata de llegar con una obra cerrada, sino de abrir un proceso donde la memoria, el territorio, el mapudungun, las experiencias de quienes participan y nuestro propio rakizuam puedan convertirse en materia de creación. Desde ahí nace la dramaturgia y también la escena.
Desde tu experiencia, ¿cuáles son las principales proyecciones que ves para el desarrollo de las artes escénicas Mapuche?
Seguir haciéndose el espacio, como lo hicieron nuestros viejxs; seguir ocupando el teatro como una herramienta transformadora, como una herramienta de resistencia, que abrace nuestra memoria y que dignifique nuestra historia; que acompañe a lxs niñxs y juventudes en el fortalecimiento de su identidad como Mapuche, pero que también haga reflexionar a quienes ven las funciones.
No es fácil trabajar desde el arte, pero es una herramienta que no se debe soltar, menos en estos tiempos tan complejos como los que vivimos como sociedad, como sociedad en su conjunto, no tan solo Mapuche. Entonces, tomar el teatro como resistencia.
