¿Cuándo fue la última vez que compartiste algo con otra persona, en el mismo espacio, sin pantalla de por medio? Si te cuesta responder rápido, no eres el único.
Las cifras de salud mental en Chile son malas: casi 14% de las personas adultas muestra síntomas moderados o severos de depresión, y entre los jóvenes de 18 a 24 años esa cifra sube a casi 29%. Un 19% se siente solo o excluido con frecuencia, mientras más de la mitad de los adolescentes pasa tres horas diarias en redes sociales. Cada vez más conectados a algo, cada vez menos a alguien.
Llevamos años viendo qué pasa cuando una comunidad crea algo en conjunto, con cuerpos presentes. Lo que hacemos en Txawün es una respuesta a esa pandemia silenciosa, un llamado al encuentro. Por eso duele que, justo cuando más se necesita, cultura sea el primer sector en quedar sin recursos: este año, cuando pidieron a todos los ministerios recortar un 3%, el de Culturas artes y patrimonio terminó recortando casi un 10%.
Pero no quiero que esto suene como si dependiéramos de que alguien nos autorice a crear, aunque sí dependemos, y mucho, de que alguien financie que ese crear llegue a más gente. Ahí hay una diferencia que nos importa sostener: el fondo público paga la escala, no el impulso. Hay una porfía en lo que hacemos que ningún recorte ha logrado apagar. Trabajamos, como la naturaleza, tejiendo redes más que levantando torres, como el rizoma, esa raíz sin un centro pero con muchos puntos conectados entre sí: si cortas uno, sigue creciendo por otro lado. Como el canelo, que brota cada primavera aunque nadie se lo haya autorizado. Una cultura vinculada al territorio es rica porque convive con todos los seres que habitamos este lugar. Así entendemos Txawün: un ecosistema que tratamos de hacer dialogar entre sí.
La próxima vez que pienses en la cultura como algo secundario, o prescindible, piensa en esa persona que se siente sola, en esa comunidad que necesita encontrarse con otros cuerpos y otros seres vivos.
