A veces los viajes no empiezan cuando uno sube al bus o a un avión, sino mucho antes.
Este empezó con una conversación, una necesidad, una idea, un proyecto, un fondo adjudicado y un objetivo: crear puentes para que las creaciones escénicas de La Araucanía puedan circular más allá de la región.
En el papel, era un viaje de internacionalización. En la práctica, fue una mezcla de encuentros, largas jornadas de trabajo, caminatas (muchas caminatas), una rodilla adolorida y muchas preguntas.
Barcelona me recibió con calor y ritmo festivo. Las calles en septiembre, estaban llenas de festivales, fuegos artificiales y conversaciones, de gente que se movía rápido y de artistas que, igual que nosotros, buscaban sentido entre planillas y procesos creativos.
Este viaje me permitió participar en el festival de arte de calle Fira Tàrrega, en Mondiacult 2025, en la Comitiva de Economías Creativas de la OEI y en el encuentro presencial de la Red de movilidad para gestores culturales SURES_.
En la mayoría de las actividades se hablaba de sostenibilidad, de cultura como derecho, de cooperación. Pero me quedó dando vueltas algo que no aparecía en las diapositivas: ¿qué tan sostenible puede ser el arte si seguimos dependiendo casi por completo de fondos concursables?
La precariedad no es un invento chileno. Lo confirmé al escuchar testimonios de gestoras y artistas de distintos países.
Hablamos un mismo idioma: el de la incertidumbre y la creatividad frente a la falta de recursos, y sobre cómo las prácticas institucionales o los fondos públicos condicionan esa fragilidad.
Uno de los momentos más significativos para mí en el viaje fue el Encuentro de la Red internacional de gestión cultural SURES_ en PlantaUno, en Hospitalet.
En una de las jornadas, mientras compartíamos una mesa larga, alguien dijo que la cooperación no consiste en moverse, sino en quedarse el tiempo suficiente para que algo verdaderamente suceda. Pensé entonces que la cooperación también requiere presencia, no solo acuerdos.
Firmamos convenios que no fueron solo papeles, sino muestras de confianza.
Al parecer la sostenibilidad no depende solo de los fondos, sino de los vínculos que se sostengan en el tiempo.
Las redes también se cansan: se enfrían con la distancia, se desgastan.
Tal vez la sostenibilidad consista simplemente en eso: persistir en el tejido, aunque el equilibrio entre el afecto y la economía nunca sea exacto.
El programa Puente Escénico no apunta solo a la circulación hacia afuera, sino a profundizar los vínculos y capacidades que sostenemos desde el sur, entendiendo la proyección como una extensión de lo que ya construimos colectivamente.
En uno de los encuentros donde se discutían políticas culturales, alguien dijo que la cultura no puede separarse de la vida, y que la sostenibilidad no depende solo de los recursos, sino también de cuidar el tiempo, los cuerpos y los vínculos.
Estoy de acuerdo, aunque también creo que cuidar tiene un costo: tiempo, energía, salud.
Volví al sur con más preguntas que respuestas, pero con la certeza de que internacionalizar también puede significar volver a mirar el propio territorio con otros ojos.
La gestión cultural puede ser una forma de resistencia, pero no debería sostenerse a costa de quienes la hacen posible.
Quizás se trate de imaginar otras formas de estar juntos: más lentas, más justas, más humanas.
Un modo de cuidar lo común sin dejar de cuidarse.
