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Más que una decisión teórica, fue algo que se fue dando en la práctica. En nuestro trabajo diferenciamos procesos: hay creaciones que desarrollamos como compañía, pero también sostenemos al menos un proceso al año con enfoque comunitario, que implica otra manera de construir, más permeable y profundamente compartida.

La experiencia ha sido muy significativa. Cada persona pone a disposición su propia historia, memoria y herramientas, lo que conforma grupos heterogéneos y diversos, habitantes de un mismo territorio. El elenco comunitario no solo participa, sino que propone y se apropia de la creación, y eso transforma tanto la obra como la relación con el público.

Pienso que esta visión sobre el teatro es algo que tengo arraigado, porque de manera fortuita mis primeras experiencias teatrales, a los 15 o 16 años, fueron en la calle con el grupo de teatro del Partido Socialista. Las obras que se realizaban eran directas, frontales, con un posicionamiento claro. Si bien en ese momento no tenía una mirada desarrollada, sí me sentí profundamente identificada con el propósito del quehacer teatral en sí mismo: la posibilidad de decir, de incomodar, de abrir reflexión.

En la universidad también pertenecía a una compañía donde la búsqueda principal estaba en el teatro político. Cuando comencé a dirigir, me interesó explorar otras poéticas y buscar el discurso desde la construcción de la puesta en escena y la búsqueda de la metáfora escénica; construir experiencias escénicas que contengan belleza y donde el discurso aparezca a través de los elementos que la componen.

A partir de la creación de la Compañía Teatro La Heroica, ese interés se fue consolidando en un lenguaje compartido. Como compañía, hemos desarrollado una forma común de abordar aquello que nos incomoda, donde se entrelazan nuestras miradas temáticas y estéticas, dando lugar a una poética particular.

Buscamos cuestionar las formas en que se han construido ciertas verdades, abriendo espacio a otras perspectivas que dialogan con la identidad, la memoria, la interculturalidad y las experiencias contemporáneas.

Siempre he creído en la potencia de los relatos y discursos construidos desde las periferias. En el caso del sur de Chile, y particularmente desde La Araucanía, se trata de un territorio atravesado por tensiones históricas, por violencia, despojo y memorias que aún están abiertas, pero también por procesos de resistencia y una riqueza cultural profunda, en un contexto donde el acceso a experiencias artísticas y culturales ha sido más limitado.

Desde el quehacer artístico, creo que esas heridas, ese malestar e incluso el resentimiento pueden transformarse en una fuerza creativa significativa cuando se ponen al servicio de la creación. No como un espacio de inmovilidad, sino como un motor que permite generar procesos creativos genuinos, auténticos y conectados con la experiencia de quienes habitan el territorio. Ahí aparece una potencia artística que nace desde la necesidad de decir, de elaborar y de comprender.

Lejos de ser solo una limitante, lo vivo también como un privilegio. Quienes creamos desde este territorio cargamos intrínsecamente con esa historia y con esas tensiones, pero también con una relación directa con el entorno y con las comunidades.El lenguaje se va construyendo desde ahí, no desde una idea abstracta, sino desde lo que pasa alrededor, desde las historias que circulan, desde lo que nos atraviesa. Por eso aparecen relatos y formas de escena que tienen una raíz muy concreta, muy ligada a lo local, pero que al mismo tiempo logran conectar con otros contextos.

Pienso que, en este periodo, el hecho de hacer teatro o de enfrentarnos a procesos de encuentro vivo en torno a lo creativo, trasciende las temáticas, estéticas y poéticas que históricamente han sido relevantes y objeto de estudio para intérpretes, directores y pedagogos teatrales.

Hoy la urgencia está en cómo fortalecemos y recuperamos estos espacios de conexión que, en muchos sentidos, la comunicación digital ha ido desplazando: el encuentro con el otro, la presencia compartida, la valoración por la creación de quienes nos rodean. El teatro, en su esencia, ofrece una experiencia irremplazable de convivencia y de atención mutua, y es ahí donde radica su potencia actual.

Asimismo, es importante comprender que las barreras de acceso a las artes no son únicamente económicas. Existen también barreras simbólicas y perceptuales  relacionadas con la pertenencia, la representación y la percepción de quiénes pueden habitar estos espacios, que como artistas debemos asumir y trabajar. En ese sentido, el desafío es abrir el teatro, hacerlo más permeable, más cercano, y construir experiencias donde distintas personas puedan reconocerse y sentirse parte manteniendo la profundidad y calidad artística que la mayoría de los creadores buscamos.